Pudiera ser que la costumbre de pensar en algo es lo que me mantiene viva. No es que vaya por la vida pensando en cualquier cosa, no. Es aquello lo que ronda por mi sien. Entonces todo va tomando color, poco a poco. Por ejemplo esa desagradable sensación en mi boca, cuando comienzo a fantasear toma la forma debida. Se va volviendo suave al tacto, frío al contacto y dulce para mi paladar.
Si no fuera así, mi cuerpo se limitaría al acto de tragar; sin saborear lo que prueba. O aquellos eternos paseos, no serían nada si no pudiera dedicar el tiempo a ir construyendo esa telaraña de imaginaciones. Como cuando debo estar acompañada, que insulsas me parecen las conversaciones ¡Cuán tedioso se hace el tiempo! Si alguien o algo retiene mi mente, guardo las fantasías en un tierno y dulce cajón. Para empezar, las doblo de manera fugaz, no valla ser que algún mínimo detalle resulte dañado. Soplo sobre ellas un poco de tranquilidad, de esa manera les aseguro que volveré al primer tiempo libre. Para terminar: cierro con un suspiro, esto da la esperanza que me pertenecen.
Me sentara frente a ti y hablara de caminar sobre la luna, reirías burlescamente. Si te contara las hazañas de una inusual familia aventurera, me mirarías con asombro. Cuando te dijera que busco un aura intransitoria, donde son justamente esas fantasías las que me han perpetuado en algún subconsciente, reaccionarias con recelo…por esto mismo es que nunca hablo de aquello.
Un silencio provocado por tu incapacidad de comunicarte con lo fantasioso. Una negligencia frente a lo nuevo, lo imposible de creer algo que no has visto, la inhabilidad de ver esperanza en lo ajeno…aquello y más, confecciona entre nosotros un dialogo de nunca empezar.
Salvadora Gomez
