abril 15, 2011

Ella



Era una hermosa casa de dos pisos y una oscura buhardilla. Típica estructura de esos pueblos perdidos en algún bosque del viejo continente. La planta baja era de piedra, el segundo piso de oscura madera y sobre todo esto, estaban las pequeñas ventanas del entretecho.
En el salón principal una chimenea iluminaba las oscuras, frías y ventosas tardes de invierno. Donde la nieve caía sin pudor alguno; acariciando suavemente las ventanas, como si quisiera hacer un poco más enternecedora la jornada.
Era en este lugar donde ella vivía. Preocupándose de mantener el orden y una impecable limpieza. Siempre estaba atareada con algún bordado, la recolección de leña o simplemente confeccionando su vestuario. Ella no gustaba de las modas modernas, prefería los largos y femeninos vestidos. Como los que usaban a principios del siglo pasado; que, sin mucho adorno, daban una estilizada imagen a su alta figura. Así transcurrían sus días.
Su máximo éxtasis se encontraba en la primavera, cuando lánguidos y tímidos rayos de sol comenzaban a derretir la blanca nieve. Dedicaba todo su tiempo al cuidado del jardín. Eran cuatro los escalones en la entrada, que ella bajaba con una dichosa sonrisa en el rostro, para llegar a ese verde prado. Allí tenía violetas, cedrón, flores varias y sus preferidas: rosas blancas. Les devolvía la vitalidad perdida con la fría temporada anterior, para luego adornar el hogar con fastuosas y aromáticas decoraciones.
El jardín terminaba en una blanca verja que separaba la casa del camino. Muy rara vez alguien pasaba por ahí, los vecinos del pueblo cercano tenían variadas supersticiones sobre aquel lugar. Ella los entendía, incluso se alegraba. De esta manera no era interrumpida por molestas situaciones. Estaba al tanto que las personas le temían, le parecía obvio que a esos humanos les espantara la presencia de una muerta. Si, eso es lo que ella era. Una simple y común difunta. Había aceptado su condición y no estaba molesta ni apenada por aquello. Sabía que en alguna lejana época, no se molestó en llevar la cuenta, tuvo una vida como cualquier otra persona. Nunca pensaba en eso, las memorias de esa existencia estaban clausuradas en el último piso de la casa, dentro de baúles que nunca abrió y se prohibía siquiera pensar en aquello. No le interesaba recordar su trágica muerte ni el lejano lugar donde había ocurrido. Porque, en vida, ella residía muy lejos de allí; en otra tierra, con una situación muy distinta a la de hoy.
Así era como vivía, si es posible usar esa palabra, ella en una perfecta burbuja de tranquila felicidad. Podríamos compararla con esos bellos personajes de los cuentos de hadas, donde no existe mal, por que todo finalizó en un “vivieron felices para siempre”.
Algunas veces, cuando finalizaba sus labores, paseaba por lugares que circundaban la casa. Se adentraba en el bosque para admirar la belleza, deleitándose con el cantar de aves, roce del viento y recostándose a mirar los rallos de sol penetrando a través de fastuosos árboles. Suspiraba por la hermosa existencia que llevaba. En otras ocasiones llegaba hasta el río, para darse un baño en sus tranquilas aguas. Tomando la precaución que ninguna persona estuviera cerca y la pudiese observar nadando desnuda. Tenía una quisquillosa moral. Algo en su interior le decía que antes de morir no había sido de esa forma; pero como aquel tema era tabú, prefería comportarse como una correcta mujer hogareña.
En algunas ocasiones, muy pocas en realidad, se había encontrado con un algún curioso niño que, ignorando los consejos paternos, se vio atraído al misterioso lugar. Ella lo observaba con enfado, no gustaba de la compañía. “¿Qué haces, intruso? ¡Vete de aquí, de inmediato!” le había dicho, pero él la observaba consternado y con extraña fascinación. “¡Te digo que te alejes! Tus padres te castigarán y azotaran por la desobediencia” Pero el jovenzuelo continuaba sin pronunciar palabra alguna, tampoco se veía intimidado por esa mujer. De hecho, daba un paso adelante y tomaba asiento en una pequeña roca. La miraba hipnotizado, el blanco de su piel le parecía hermoso, esos grises ojos le atraían y la cabellera negra le parecía irreal. Como un ángel caído del cielo. Ella comenzaba a perder su paciencia, lo podías notar en la mirada. Recordemos que ella no tenía vida y la osadía del niño, no solo perturbaba su tranquilidad; si no que también le recordaba su estado. Entonces como solo puede hacer un alma a la que se le ha negado la entrada al cielo e infierno; un ser que se encuentra en el limbo de este mundo sin tener el descanso que merece, ella desenterraba los bajos instintos de su interior. Esos sentimientos que humanos no podemos si quiera entender, pues solo pertenecen a demonios, almas en pena o quizá al diablo mismo. Así estallaba la rabia en su interior, haciendo que se elevara del suelo y levitando en el aire, se mostraba como lo que realmente era. El intruso veía asombrado como la piel cambiaba por un corroído tono amarillento, dejando que se vieran los sucios y desagradables huesos. El rostro cambiaba por un horroroso cráneo malgastado, donde los ojos refulgían fuego y de la boca emanaban blanquecinos gusanos, esos que descomponen el cuerpo una vez que ha sido sepultado. Un putrefacto olor impregnaba el lugar, las ropas eran andrajosos harapos y como si aquello no fuese suficiente, ella le hablaba con una estrepitosa voz enardecida, que te haría recordar las peores pesadillas o historias de personas poseídas por el Anticristo. “He dicho que te alejes ¡Maldito mocoso mal criado! Prometo mandarte al infierno, donde padecerás los peores castigos, hasta que ruegues por el descanso eterno, que te será negado por el mismísimo Lucifer” Al pobre niño se le entumecían los huesos y el cuerpo no le respondía para arrancar. Intentaba que sus músculos se movieran, pero no respondían a sus mandatos. Ofendida por la reacción, comenzaba a rugir improperios en alguna lengua desconocida. Esto era suficiente para que el intruso se pusiera de pie y corriera a todo lo que le daban sus cortas piernecitas. Llegaba al regazo materno llorando de terror. Contaba su experiencia y por bastante tiempo sufriría de pesadillas por el encuentro, sin reconocer lo que había visto, cuestionaba si era realmente una mujer, una bruja, un demonio o Satanás en persona.
Una vez que el percance pasaba, ella retomaba sus acostumbradas labores. Por la mañana aseaba el hogar, cuidaba el jardín; en la tarde paseaba por los bosque recolectando leña y llegado el atardecer se arrimaba al fuego para coser o bordar algún nuevo vestido, como la perfecta dueña de casa que ella era.


Esta es mi última creación, estaba a punto de dormir cuando vino a mi mente. Sin mayor preámbulo, tuve que sentarme a escribir. La imagen es una pintura de Monet, gran representante del impresionismo francés.

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