junio 16, 2011

Sin Historia


En las noches de insomnio suelo extrañar lluviosos bosques de fantasía, sueños de niña y alguna que otra aventura que me atrevía a vivir cuando el miedo no fue algo cercano a mi piel. La lluvia al amanecer me hace pensar, tomar decisiones, aclara mis ojos provocando un lánguido y reparador sueño. Añoro los días que eternamente llovía y evanescentes aromas brotaban de las piedras. Cuando caía agua del cielo soñaba sin reparo alguno, no había consecuencia para mis acciones y una leve magia inundaba mis pensamientos…ahora no volverá a llover…poco a poco esta civilización deteriora el planeta y los sueños de mi adolescencia. Muchas veces me agradaron las precipitaciones, no eran molestia para mis actividades; siempre pude jugar, correr y por sobre todo escribir.
No puedo olvidar aquella visita al cementerio donde después de un largo camino me encontré con majestuosas tumbas en un verde paisaje, sarcófagos rodeados de planificados árboles ocultaban la realidad. Me adentre un poco y descubrí que detrás de aquellos adinerados apellidos había un lugar de eterna tristeza, tumbas sin nombres eran fabricadas artesanalmente, familiares cavaban agujeros donde depositaban a quienes en vida los habían acompañado.
Después de abrir mis ojos a la dulzura de la verdadera realidad una oscura nube comenzó a mojar mi abrigo, no podía moverme. Debía quedarme un momento allí. Era un tardío silencio de mi parte para honrar a los muertos que habían sido llorados desde el corazón de la pobreza y no en un decorado funeral. Era mi respeto para aquellos que debían ocupar el rincón más remoto del cementerio, para los que eran ocultados  del paisaje, aquellos que no tenían nombres, cruces, fechas o citas que los diferenciaran…no eran más que muertos sin recuerdos, gente que no había sido parte de la historia.
Otros momentos memorables eran largas caminatas entre fornidos árboles que bruscamente se mecían a nuestro alrededor. Nos contentábamos con caminar por senderos sin nombre donde se debía saludar a todo el que pasara tu lado. Solía contar historias de mi abuela, del diablo, la vida campestre y comentar sobre míticos personajes tan temidos en mi infancia.
Un día nos incorporamos por el borde de un canal, el sonido del agua relajaba mis pasos y aun puedo recordar como mis zapatos entraban en contacto con el barro mientras mis carcajadas irrumpían la zona, las aves arrancaban y algún que otro animal se movía entre los arbustos.
Al final del camino llegamos a lo que, podría jurar, era el paraíso. Una granja repleta de animales a los pies de un frondoso cerro era según mi parecer, el mejor estilo de vida que podría llevar. Los patos graznaban pues un pequeño niño los perseguía y revolcaba en el lodo sin parar de reír. Mis carcajadas anteriores me parecieron cínicas y hostigosas frente a tan dulce inocencia.
Era el medio día y mi estomago exigía comida. Nos instalamos en un muelle frente al canal; que por cierto era profundo, ancho y navegable. Luego de unas agradables frutas sentí ganas de reposar y esas tablas sobre el agua eran el lugar perfecto para dormir. La humedad no parecía un impedimento en aquel entonces y sin pensarlo más me recosté con la vista fija en el cielo.
Fue toda una tarde de relatos y risa, una lancha llena de gente pasó frente a nosotros, un mutuo saludo hizo el momento más agradable aún. En ese entonces creí que nunca seria feliz en mi vida si me alejaba de esa tranquilidad, de aquellos sueños y gente inocente.
Al volver a casa la lluvia golpeaba nuestra ropa y la felicidad en la mente era algo indescriptible. Sabíamos que no seria eterno y por lo mismo nos gustaba disfrutarlo al máximo. Sabíamos que con esa vida al morir se nos enterraría al fondo de cualquier cementerio, seriamos los que nadie recordaría…seriamos gente que no quiso formar parte de esta historia


Otra historia robada a mi querida Salvadora., con quien me he reconciliado y vuelve a formar parte del elenco de heteronimos....

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